lunes, 21 de noviembre de 2011

El engañoso triunfo de Rajoy

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Entender el mundo que le ha tocado vivir es la primera obligación de cualquier dirigente político. De lo contrario, está condenado al fracaso. Esa es la primera lectura de las elecciones del 20-N. Rajoy comenzó a ganar las elecciones cuando se centró en la economía y se olvidó de la caverna; mientras que, por el contrario, el PSOE comenzó a perderlas cuando creyó que sólo con ideología -o incluso apelando únicamente a los sentimientos- se podía ganar las elecciones.
La recompensa es evidente. El Partido Popular gobernará con una aplastante mayoría absoluta y el PSOE está condenado al averno por méritos propios. La incapacidad del tándem Zapatero-Rubalcaba para gestionar la crisis económica no ha hecho más que polarizar todavía más los resultados; pero en contra de lo que se dirá desde Ferraz no es la única causa de la debacle socialista. 
Lo que ha desgastado al Partido Socialista no son sólo las medidas ajuste (que también) sino el paro, el despilfarro de la cosa pública y, sobre todo, la sensación de que la acción de gobierno le venía demasiado grande a un partido pequeño y sectario incapaz de hacer autocrítica pese a perder el 40% de los votos.
O lo que es lo mismo, más de cuatro millones de electores le han dado la espalda, pero ninguno de sus dirigentes tuvo ayer la dignidad de presentar su dimisión. Nunca tan pocos hicieron tanto daño a España y a la propia historia del Partido Socialista.
No significa esto, sin embargo, que el horizonte esté despejado para el PP. Al contrario. Un Partido Popular engreído y despegado de los problemas de los ciudadanos acabará cavando su propia tumba. Pero al mismo tiempo un Partido Socialista radicalizado y descentrado acabará siendo una formación irrelevante y sin horizonte. El futuro no está escrito. Dependerá de la capacidad de ambos partidos para entender los cambios sociales. Sin duda relevantes. Un ejemplo: la edad media de los españoles se ha situado ya en 40,9 años; es decir, 7,7 años más que en 1977, lo que influye de forma decisiva en el voto de los electores.
Pero no sólo eso. Rajoy ha arrasado en su feudo, pero ha sido incapaz de arañar votos más allá de su tradicional espacio. Ha obtenido apenas unos cientos de miles de votos más que hace cuatro años, lo que refleja escasa penetración en la zona electoral del adversario en un contexto extremadamente favorable.
Descrédito de la clase política
Desde luego que no es poco en unas circunstancias como las actuales, en las que el descrédito de la clase política es manifiesto. Pero la verdad es como es. Y aunque el PP haya tenido los mejores resultados de su historia en número de escaños, su porcentaje de votos (el 44,60%) es solo ocho centésimas superior al que tuvo Aznar en el año 2000 y se sitúa menos de un punto porcentual por encima del logrado por Zapatero en 2008. El éxito del PP, sin duda, está en contar con de forma permanente con alrededor de 10 millones de votos que apoyan al líder de forma incondicional. No así al PSOE, que gana o pierde las elecciones en función de lo que haga una cuarta parte de sus posibles electores.
En 2011, por decirlo de una manera dulce, el PP ha ganado por incomparecencia del PSOE, enredado de mala manera con un candidato incapaz de entender de qué va el mundo. En ese sentido, no estará de más recordar que sus dos peores resultados electorales (con Almunia y Rubalcaba) coinciden con un radicalismo de su discurso, lo que indica claramente un error estratégico de indudable transcendencia.
El principal caladero de votos está en el centro, que no es una zona equidistante entre izquierda y derecha, sino la centralidad del discurso. O lo que es lo mismo, lo importante es ganar la posición y conservarla con un discurso coherente y bien estructurado. Y el caso de Cataluña es elocuente. CiU, con el apoyo parlamentario del PP, ha hecho un intenso programa de recortes, pero en contra de lo que cabía esperar con una lectura simple de la política practicada, ha obtenido extraordinarios resultados.

¿Qué indica esto? Pues que los electores valoran positivamente la acción de Gobierno cuando perciben que los ajustes están justificados, pero deploran a los políticos incoherentes y sin discurso. Que un día hacen un desayuno con tirantes con un banquero y otro se echan al monte con un discurso antisistema.  



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